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¿Morena se está convirtiendo en el nuevo PRI? Lo que ocurre en los estados alimenta el debate
Política

¿Morena se está convirtiendo en el nuevo PRI? Lo que ocurre en los estados alimenta el debate

Mientras el gobierno federal impulsa programas sociales y mantiene altos niveles de aprobación, en varios estados gobernados por Morena persisten problemas como inseguridad, corrupción y grupos de poder locales. ¿Cambió realmente la forma de gobernar o sólo cambiaron las siglas?

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¿Morena se está convirtiendo en el nuevo PRI? Lo que pasa en los estados alimenta el debate

A nivel nacional, Morena presume programas sociales, combate a la pobreza y una narrativa de transformación. Pero en varios estados, muchos ciudadanos sienten que la política sigue funcionando igual: cacicazgos, inseguridad, corrupción y gobiernos poco abiertos a la crítica.

La pregunta incomoda, pero cada vez aparece más en conversaciones políticas: ¿Morena se está convirtiendo en el nuevo PRI?

La respuesta fácil sería decir que sí o que no. Pero la realidad es más compleja. A nivel federal, Morena ha construido una narrativa de cambio: programas sociales, aumento al salario mínimo, combate a privilegios, apoyo a sectores históricamente olvidados y una relación directa entre el gobierno y millones de ciudadanos.

Sin embargo, cuando se baja la mirada a los estados y municipios, la percepción puede ser distinta. Ahí, muchas personas no necesariamente ven una transformación profunda. Ven los mismos vicios de siempre, sólo con otros colores: grupos locales de poder, opacidad, inseguridad, políticos reciclados y gobiernos que se parecen demasiado a aquello que prometieron sustituir.

La pregunta central no es si Morena “ya es el PRI”.

La pregunta más útil es si Morena logró cambiar la cultura política del país o si terminó heredando muchas de las prácticas del viejo sistema.

El PRI perdió elecciones, pero no necesariamente desapareció su cultura política

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Durante décadas, el PRI no fue solamente un partido. Fue una forma de hacer política. Gobernadores poderosos, disciplina interna, control territorial, acuerdos cupulares, uso electoral de recursos, sindicatos aliados, medios cercanos y una enorme capacidad para adaptarse.

Por eso, cuando se dice que Morena puede parecerse al PRI, no siempre se habla de ideología. Se habla de métodos. Se habla de una cultura política que sobrevivió a la alternancia del año 2000, al regreso del PRI en 2012 y al triunfo de Morena en 2018.

Muchos cuadros importantes de la política actual pasaron por el PRI o crecieron dentro de esa lógica institucional. Eso no significa que todos sean iguales ni que sus proyectos sean idénticos. Pero sí ayuda a entender por qué ciertas prácticas no desaparecen sólo porque cambie el partido en el poder.

El gobierno federal no es lo mismo que los gobiernos estatales

Uno de los errores más comunes al analizar a Morena es tratarlo como si fuera un bloque uniforme. No lo es.

Una cosa es el gobierno federal, con una narrativa nacional, programas sociales amplios y una figura presidencial fuerte. Otra cosa muy distinta son los gobiernos estatales, donde pesan los cacicazgos locales, los grupos empresariales regionales, las viejas redes partidistas, la inseguridad y las disputas internas.

Por eso puede pasar algo aparentemente contradictorio: una persona puede apoyar a la presidenta o al proyecto nacional de Morena, pero estar decepcionada de su gobernador, su alcalde o su diputado local del mismo partido.

En los estados, la transformación se vuelve más difícil de medir. No basta con ganar una elección. Hay que cambiar policías, fiscalías, compras públicas, obra pública, burocracias, tribunales locales, congresos estatales y formas de relación con los ciudadanos.

Y ahí es donde muchos sienten que el cambio no ha llegado.

Programas sociales arriba, viejas prácticas abajo

El principal contraste está entre la política social federal y la operación política local.

A nivel nacional, millones de personas reciben apoyos sociales. Para muchos hogares, esos recursos sí representan un cambio real en su vida cotidiana. Sería injusto negar ese impacto.

Pero al mismo tiempo, en lo local persisten prácticas que recuerdan al viejo sistema: funcionarios que se sienten intocables, alcaldes que gobiernan para su grupo, contratos poco claros, familiares en cargos públicos, policías rebasadas y una relación clientelar con la ciudadanía.

La contradicción es fuerte: el discurso nacional habla de transformación, pero la experiencia local muchas veces se siente como continuidad.

Dicho de otra forma:

Morena puede estar cambiando algunas reglas nacionales, pero eso no garantiza que haya cambiado la forma de gobernar en cada estado.

La inseguridad es el punto donde el discurso se rompe

Si hay un tema donde la ciudadanía juzga menos por ideología y más por experiencia diaria, es la seguridad.

Una persona puede simpatizar con Morena, apoyar los programas sociales y estar de acuerdo con varias políticas federales. Pero si vive con miedo, si su negocio paga extorsión, si evita salir de noche o si la policía local no responde, difícilmente sentirá que la transformación llegó a su colonia.

En varios estados, la inseguridad sigue siendo el gran pendiente. Y aunque la seguridad pública tiene causas profundas y responsabilidades compartidas entre federación, estados y municipios, el ciudadano suele evaluar al gobierno que tiene más cerca.

Ahí Morena enfrenta un problema serio: ya no puede presentarse sólo como oposición al viejo régimen. En muchos lugares ya gobierna. Y cuando gobiernas, la explicación de “la culpa es de los anteriores” pierde fuerza con el tiempo.

Corrupción: el pendiente que ningún partido ha logrado resolver

El combate a la corrupción fue una de las grandes banderas que llevó a Morena al poder. Pero una cosa es combatir la corrupción desde el discurso y otra muy distinta desmontar las redes que la hacen posible.

La corrupción no vive solamente en los grandes escándalos nacionales. También vive en la licencia que tarda meses, en el trámite que se acelera con una mordida, en la obra asignada al amigo, en el proveedor favorito, en el policía que extorsiona, en el funcionario que condiciona un servicio o en el político local que reparte cargos como premios.

Las mediciones oficiales sobre calidad gubernamental y percepción de corrupción muestran que el problema sigue siendo estructural. No pertenece a un solo partido. Pero justamente por eso, si Morena prometió ser distinto, la exigencia hacia sus gobiernos debe ser mayor.

El problema para Morena no es solamente que existan casos de corrupción. El problema es que sus gobiernos locales empiecen a normalizarlos con las mismas excusas del pasado.

El riesgo de los políticos reciclados

Morena creció muy rápido. Para ganar elecciones en todo el país, abrió la puerta a perfiles de muchos orígenes: experredistas, expriistas, expanistas, líderes regionales, empresarios locales, operadores electorales y figuras sin una formación clara de izquierda.

Ese pragmatismo ayudó a ganar. Pero también trajo un costo: en algunos lugares, Morena no sustituyó a las viejas élites; las absorbió.

Cuando un político que ayer defendía al PRI o al PAN aparece hoy como representante de la transformación, la ciudadanía tiene derecho a preguntar si cambió de convicciones o simplemente cambió de vehículo.

No todo cambio de partido es oportunismo. Hay trayectorias legítimas. Pero cuando la conversión política ocurre justo cuando el nuevo partido tiene poder, presupuesto y candidaturas, la sospecha es inevitable.

¿Morena es partido o maquinaria electoral?

Otro punto clave es la vida interna de Morena. Un partido de izquierda tendría que formar cuadros, discutir ideas, abrir debates, vincularse con movimientos sociales y permitir crítica interna.

Pero en varios momentos, Morena parece funcionar más como maquinaria electoral que como partido deliberativo. Gana elecciones, reparte candidaturas, procesa conflictos internos y mantiene disciplina alrededor del liderazgo nacional.

El problema es que una maquinaria electoral puede ganar mucho, pero no necesariamente transforma la vida pública.

El viejo PRI también era eficaz electoralmente. Su fuerza no estaba sólo en ganar votos, sino en administrar intereses. Por eso la pregunta sobre Morena no debe limitarse a cuántas gubernaturas tiene, sino qué hace con ellas.

Los estados serán el verdadero examen de la 4T

La transformación no se mide únicamente en conferencias mañaneras, reformas constitucionales o programas federales. También se mide en lo que ocurre cuando una persona va al ministerio público, pide agua potable, denuncia una extorsión, busca una medicina, solicita una licencia o exige transparencia en su municipio.

Si en esos espacios la ciudadanía encuentra lo mismo de siempre, entonces la promesa de cambio queda incompleta.

Morena puede ganar la presidencia, la mayoría del Congreso y buena parte de las gubernaturas. Pero si no cambia la experiencia cotidiana de gobierno en los estados, el desgaste llegará tarde o temprano.

El PRI no perdió el poder de un día para otro. Lo perdió después de acumular enojo, abusos, corrupción, distancia con la ciudadanía y gobiernos locales cada vez más cerrados. Morena debería mirar esa historia no como burla, sino como advertencia.

Entonces, ¿Morena es el nuevo PRI?

Depende de dónde se mire.

A nivel nacional, Morena todavía conserva una identidad distinta al viejo PRI: tiene una base popular amplia, una narrativa de justicia social y programas que conectan directamente con millones de personas.

Pero en los estados, la respuesta puede ser más incómoda. En algunos lugares, Morena parece estar reproduciendo prácticas que durante años criticó: concentración de poder, grupos locales dominantes, poca autocrítica, reciclaje de políticos y gobiernos que no siempre escuchan a la ciudadanía.

Tal vez Morena no sea todavía “el nuevo PRI”. Pero sí corre el riesgo de convertirse en algo parecido en los territorios donde la transformación se volvió sólo una marca electoral.

La pregunta final es sencilla:

¿Morena quiere cambiar el sistema político mexicano o sólo administrarlo con más legitimidad popular?

Conclusión

El mayor reto de Morena no está sólo en vencer a la oposición. Está en vencerse a sí mismo.

Si sus gobiernos estatales repiten los vicios del viejo régimen, si sus cuadros locales se comportan como nuevos caciques y si la crítica interna se castiga como traición, entonces el partido que prometió acabar con el viejo sistema podría terminar administrando una versión renovada de ese mismo sistema.

La transformación verdadera no se demuestra sólo ganando elecciones. Se demuestra gobernando distinto cuando ya se tiene el poder.

Fuentes sugeridas para verificación y contexto: entrevista de Hernán Gómez a Julio Astillero; INEGI, Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental; INEGI, encuestas sobre percepción de seguridad pública; información pública de gobiernos estatales y municipales.