El nuevo chayote: ya no se paga con dinero, sino con likes
El “nuevo chayote” ✓ ya no siempre llega en sobres ni contratos: en la era digital también puede pagarse con likes ✓, vistas, monetización y acceso al poder. ✓ Una mirada crítica al negocio de opinar en política.
Política
El nuevo chayote: ya no se paga con dinero, sino con likes
En la política mexicana, el viejo “chayote” estaba asociado al dinero público entregado a periodistas o medios. Pero en la era de YouTube, Facebook, X y TikTok, la recompensa también puede llegar en forma de vistas, monetización, seguidores y acceso al poder.
Durante una conversación entre Hernán Gómez y Julio Astillero, apareció una idea provocadora: el nuevo chayote no siempre se entrega en efectivo. A veces llega disfrazado de popularidad digital. Likes, vistas, suscripciones, monetización y protección simbólica pueden convertirse en una nueva forma de incentivo para quienes opinan de política en internet.
La frase pega porque resume un cambio profundo. Antes, la relación entre poder y comunicación se entendía sobre todo a través de convenios, publicidad oficial, favores o dinero directo. Hoy, sin que esas prácticas hayan desaparecido, existe otro mercado: el de la aprobación digital.
En ese ecosistema, defender sin matices a un gobierno, a un partido o a una figura pública puede volverse rentable. No necesariamente porque alguien pague desde una oficina, sino porque existe una audiencia dispuesta a premiar con atención a quien confirme sus creencias.
Del sobre amarillo al algoritmo
Durante años, en México se llamó “chayote” al dinero o beneficio que algunos periodistas recibían para favorecer a políticos, gobiernos o grupos de poder. Era una palabra cargada de sospecha: implicaba compra de silencio, suavidad editorial o propaganda disfrazada de información.
Pero el internet cambió el modelo. Hoy un comunicador político no necesita necesariamente un pago directo para tener incentivos económicos. Las plataformas digitales permiten monetizar contenido por anuncios, membresías, donaciones, superchats, suscripciones o patrocinios. YouTube, por ejemplo, reconoce oficialmente que los creadores dentro de su Programa de Socios pueden obtener ingresos por publicidad y otras funciones de monetización.
Eso no significa que todo creador monetizado esté vendido. Sería absurdo decirlo. El problema aparece cuando el incentivo económico empuja a decirle a la audiencia solamente lo que quiere escuchar.
La pregunta incómoda es esta:
¿Cuántos comunicadores políticos opinan desde la convicción y cuántos opinan desde lo que el algoritmo premia?
El negocio de confirmar creencias
La política digital funciona cada vez más como una pelea de tribus. Hay audiencias que no buscan información, sino reafirmación. Quieren escuchar que “los suyos” siempre tienen razón y que “los otros” siempre mienten.
Ahí nace el negocio perfecto: producir enojo, burla, épica y pertenencia. El comunicador deja de ser periodista o analista y se convierte en animador de una hinchada política.
En ese modelo, el matiz castiga. La crítica al propio grupo puede bajar vistas. La duda puede parecer traición. La prudencia puede sentirse aburrida. En cambio, el golpe verbal, la exageración y el título escandaloso suelen atraer más clics.
Por eso el nuevo chayote no siempre necesita una transferencia bancaria. A veces basta con entender qué frases premia la audiencia, qué enemigo conviene atacar y qué tema conviene callar.
No es sólo un problema de izquierda o de derecha
Sería cómodo pensar que este fenómeno sólo ocurre en un lado del espectro político. Pero no. También existe en la derecha, en el centro, en el obradorismo, en el antiobradorismo y en casi cualquier comunidad política digital.
El mecanismo es parecido: cada grupo tiene sus comunicadores favoritos, sus villanos recurrentes, sus frases hechas y sus medios “confiables”. Lo que viene de fuera se descarta antes de leerse. Lo que viene de dentro se comparte sin demasiada verificación.
La UNESCO ha advertido que muchos creadores digitales no verifican suficientemente la información antes de compartirla. Ese dato importa porque hoy millones de personas se informan más por influencers, clips y transmisiones en vivo que por medios tradicionales.
El riesgo no es que existan voces políticas en internet. Eso es parte de la libertad de expresión. El riesgo es que el debate público se convierta en una competencia por ver quién manipula mejor la emoción de su audiencia.
Cuando la popularidad sustituye al periodismo
El periodismo debería incomodar al poder, incluso cuando el poder lo ejerce un proyecto con el que simpatizamos. Ese es el punto más difícil.
Criticar a un gobierno de derecha no convierte automáticamente a alguien en periodista independiente. Criticar a un gobierno de izquierda tampoco convierte automáticamente a alguien en conservador. El periodismo empieza cuando se conserva la capacidad de preguntar, verificar y señalar contradicciones aunque eso incomode a la propia audiencia.
El problema del nuevo chayote es que puede volver costosa la independencia. Si un creador vive de su comunidad, y esa comunidad sólo premia una línea política, la tentación de no salirse del guion es enorme.
Entonces aparece una forma sutil de autocensura: no digo esto porque se enojan mis seguidores; no pregunto aquello porque me bajan las vistas; no critico a este personaje porque me cierran puertas; no reviso este caso porque puede afectar mi marca personal.
La monetización no es el enemigo
Conviene aclararlo: ganar dinero por crear contenido no está mal. Al contrario, muchos proyectos independientes sobreviven gracias a la monetización, a las membresías o al apoyo directo de sus audiencias.
El problema no es cobrar. El problema es ocultar los incentivos. El problema es vender propaganda como si fuera análisis. El problema es disfrazar la militancia de periodismo. El problema es que la búsqueda de vistas termine pesando más que la búsqueda de verdad.
Un medio o creador puede tener postura política y aun así ser honesto. Pero para eso necesita reconocer desde dónde habla, citar fuentes, corregir errores y no convertir a su audiencia en una secta emocional.
Cómo identificar el nuevo chayote digital
No siempre es fácil distinguir entre convicción auténtica y oportunismo digital. Pero hay señales que ayudan:
- El comunicador nunca critica al grupo político que defiende.
- Todo error propio se minimiza y todo error ajeno se convierte en escándalo.
- Los títulos prometen revelaciones explosivas, pero el contenido no aporta datos verificables.
- Se usan insultos o burlas para sustituir argumentos.
- La audiencia es tratada como ejército, no como ciudadanía.
- Las fuentes son débiles, anónimas o inexistentes.
- El contenido busca provocar enojo antes que explicar un problema.
Ninguna de estas señales prueba por sí sola que alguien esté vendido. Pero cuando aparecen juntas, vale la pena desconfiar.
La audiencia también tiene responsabilidad
El nuevo chayote existe porque también existe una audiencia que lo alimenta. Cada like, cada compartida y cada vista son una forma de voto dentro del ecosistema digital.
Si premiamos el grito, habrá más grito. Si premiamos la mentira conveniente, habrá más mentira conveniente. Si premiamos el análisis serio aunque incomode, habrá más incentivos para producirlo.
La salida no es dejar de consumir contenido político. La salida es consumirlo mejor: comparar fuentes, leer más allá del título, desconfiar de quien siempre confirma lo que ya pensamos y exigir evidencia antes de compartir.
Conclusión: el chayote cambió de forma
El viejo chayote no desapareció. Pero el nuevo ecosistema digital creó formas más sofisticadas de recompensa. Hoy el premio puede ser dinero, sí, pero también visibilidad, acceso, invitaciones, protección de grupo, crecimiento de canal y una comunidad dispuesta a defenderlo todo.
Por eso la pregunta ya no es solamente quién paga. También hay que preguntar qué premia el algoritmo, qué exige la audiencia y qué está dispuesto a sacrificar un comunicador para seguir creciendo.
En tiempos donde todos quieren tener la razón, quizá el acto más honesto sea conservar la capacidad de dudar. Incluso de los nuestros.
